“Una caja no tan boba” (Diario Clarín, 21/09/2011)

22 09 2011

A continuación, citamos un artículo de Alfredo Dillon, publicado en el suplemento Educación del diario Clarín, el 21 de septiembre de 2011.

Entre los especialistas consultados sobre televisión y educación, la directora del Observatorio de la Televisión de la Universidad Austral, Dra. Gabriela Fabbro, explicó las claves para una inclusión inteligente de los contenidos televisivos como sustrato de las asignaturas dictadas en la escuela: “educar para el uso de la TV y educar a través de la TV”.

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Existe un divorcio histórico entre la televisión y la escuela.
Desde las aulas se suele pensar en la pantalla chica como un mero pasatiempo que no les aporta nada a los chicos. Pero los especialistas sostienen que la TV educa constantemente, incluso cuando no se lo propone. En vez de apagar la tele, ¿por qué no mirarla juntos? 

 

Escena 1: Eva Perón, vestida de negro y desmejorada, dice su discurso del 17 de octubre, sostenida por la cintura por su marido.
Escena 2: Una vedette, casi sin ropa y muy saludable, insulta a otra vedette mientras ofrece explicaciones acerca de sus fotos íntimas… que acaban de ver la luz.


Entre la primera escena y la segunda pasaron 60 años: exactamente toda la historia de la televisión argentina, desde aquella primera transmisión del acto del Día de la Lealtad en 1951. Seis décadas en las que cambiaron muchas cosas en la TV, excepto una: su divorcio de la escuela.


Las últimas cifras del Sistema Nacional de Consumos Culturales indican que, en promedio, los chicos de entre 10 y 17 años ven 3 horas diarias de televisión. Un 30 por ciento ve cuatro horas o más. Y la cantidad de horas aumenta los fines de semana. “Los chicos viven en un mundo de pantallas: la TV, el celular, la computadora.


Pese al crecimiento exponencial de los celulares, la pantalla más importante para ellos en su tiempo libre sigue siendo la tele”, explica Roxana Morduchowicz, directora del programa Escuela y Medios, del Ministerio de Educación nacional. En la Argentina, prácticamente el 100 por ciento de los hogares tienen al menos un aparato de televisión. En muchos de esos hogares, es el único medio de recreación disponible. Pese al auge de Internet, la TV sigue ocupando un lugar fundamental en la vida diaria de los chicos y adolescentes.

La “caja boba” va con ellos a la escuela: forma parte de sus conversaciones, sus juegos, sus conocimientos previos. Pero, ¿qué hace la escuela con la TV? ¿La incorpora al proceso de enseñanza-aprendizaje, o sencillamente la ignora porque sigue creyendo que la tele es sólo una fuente de estupidización? “Toda televisión educa” “La tele siempre es educativa, se lo proponga o no”, dice Morduchowicz a Clarín Educación, y enumera tres tipos de saberes que circulan en la pantalla: Saberes cognitivos (por ejemplo, la información que brindan los noticieros o documentales) Saberes sociales (por ejemplo, aprender de una telenovela cómo invitar a salir a una chica) Valores (la solidaridad o la justicia pueden discutirse a partir de un noticiero o una ficción) La escuela suele ignorar todos estos saberes, tal vez porque ha quedado históricamente muy ligada a lo impreso y lo verbal. Sin embargo, hoy la cultura parece estar cada vez más atravesada por las imágenes. Por eso, docentes y especialistas se plantean nuevas maneras de aprovechar la pantalla chica en los procesos educativos.


“El uso inteligente de los medios es el gran desafío de la escuela. Lo ideal sería incluir estos temas de modo transversal, como sustrato de las asignaturas y los contenidos específicos. Hay que educar para el uso de la TV y educar a través de la TV”, afirma Gabriela Fabbro, directora del Observatorio de la TV de la Universidad Austral.


Formar estudiantes críticos. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. La frase señala el poder de convicción que tiene la imagen: parecería que lo visual es garantía de que algo es “verdad”.


Por eso, uno de los primeros desafíos es formar espectadores críticos, para que los chicos pierdan la ingenuidad ante lo que ven en la tele. “Necesitamos que los chicos puedan criticar la TV, que tengan juicio crítico. Nuestro desafío es formar críticos de TV”, opina María Luz Piñeyro, vicedirectora de la Escuela N° 21 de Floresta.


Diego Martínez, profesor de Historia en la ESB N° 5 de Lanús, coincide: “La imagen funciona como soporte de verdad. Cuando los chicos ven que un video dice lo mismo que les dije yo en clase, me dicen: Tenías razón, estaba en el video . Parecería que si aparecés en la tele, estás diciendo la verdad”.


En este sentido, uno de los desafíos para la escuela es “desnaturalizar” el lenguaje audiovisual, mostrar que las imágenes son siempre construcciones, revelan puntos de vista, tienen intencionalidades: no son neutrales. Para Inés Dussel, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), “habría que enseñar más sobre cómo se produce un programa de televisión y entender los géneros y los tipos de programas, qué lógicas e intereses operan, qué selección de estéticas y de relatos se produce, qué se quiere generar en la audiencia. Esto se llama alfabetización mediática”.


Se trata, en otras palabras, de aprender más sobre el lenguaje de las imágenes. En esta línea, Fabbro propone recurrir al ejercicio crítico de “observar, contrastar, comparar, escuchar otras voces y puntos de vista sobre contenidos exhibidos en el aula”. Y añade: “Analizar la coherencia entre lo que se dice y cómo se lo muestra, focalizarse en cómo se narra también con la imagen y el sonido pueden ser caminos para comenzar a construir una mirada inteligente sobre lo que la televisión nos muestra”.


La mejor manera de formar espectadores críticos es hablando sobre la tele, discutiéndola en clase, pensando juntos alternativas para contar las mismas historias de otras maneras. El investigador mexicano Guillermo Orozco Gómez sostiene que “la televisión no es sólo para verse: la televisión es para hablarse” (ver “Las pantallas también enseñan”, en pág. 6). Para Orozco, lo que hace falta “es hablar de la televisión: hablar mientras se está viendo y después, al día siguiente, en la escuela”.

 

El desafío de la “TV basura”


Docentes y especialistas coinciden en que toda televisión “educa”: no sólo Discovery Kids o los documentales de National Geographic, sino también Gran Hermano y hasta los programas de chimentos. Las planillas de rating señalan que los programas más exitosos no suelen ser los educativos, sino los que muchos denominan “TV basura”.
Marcela del Pozo, profesora de Antropología Filosófica en el Instituto Nuestra Señora del Rosario, apunta: “Lo audiovisual permite mostrar valores y anti valores. A partir de ciertos programas se puede trabajar, por ejemplo, la falta de escrúpulos, el pudor, lo privado y lo público, la tergiversación y la dinámica del rumor”.
En estos casos, la tarea consistirá en enseñarles a los estudiantes a interpretar los programas de TV que miran, aprender a “leerlos”.


Por otra parte, formar espectadores críticos no significa inculcar en los alumnos una lectura “correcta” de los programas, ni imponerles qué es lo que deberían interpretar. Dussel advierte: “No se trata de censurar ni de imponer una sola forma de ver tele. Creo que el mejor verbo es `enriquecer’. No se puede imponer que a la mayoría de la gente le guste un programa y no otro; y aunque la escuela lo quiera, no puede y no debe hacerlo, sería antidemocrático. Pero sí puede ayudar a que los chicos y adolescentes conozcan otras estéticas que circulan menos por los canales comerciales, y sí puede ayudar a traer otros debates”. Para esta especialista es mucho más productivo llevar al aula otras opciones que los chicos no consuman en su casa, en lugar de trabajar a partir de los programas que todo el mundo ve.


Pero incluso aquellos docentes que defienden la posibilidad de aprender de la tele ­aunque sea “por la negativa”­ reconocen que tiene que haber un límite. “Hay programas que directamente es mejor que los chicos no vean, sobre todo si son niños. Ahí es tarea de los padres fijar las pautas y explicárselas a sus hijos. A veces hay que decir que no. Y cuando los chicos están en primaria, lo mejor es que no tengan el televisor en el cuarto: que miren tele en la cocina, en el comedor o en los lugares de circulación colectiva”, recomienda Morduchowicz.


Casi todas las fuentes consultadas mencionaron varios programas de alto rating como portadores de contenidos que la escuela debería criticar, reorientar y contrarrestar. Dussel suma otro elemento: el sensacionalismo, que “nos acostumbra a ver imágenes horrorosas y excesivas”. “Me parece mucho más complicado un noticiero sensacionalista, que enseña que `eso’ es el mundo y poco puede hacerse para cambiarlo, que un programa de entretenimientos que no tiene pretensiones de educar ni de informar”, sostiene.

 

Las miradas sobre los jóvenes


Otro problema que plantean los programas sensacionalistas es la imagen que proyectan de niños y adolescentes. Los especialistas señalan la importancia de que la televisión refleje todas las realidades de chicos y chicas, que no los muestre siempre como adictos, alcohólicos o violentos. Según una investigación del Observatorio de la TV, el 43,2% de las noticias que tienen que ver con niños, niñas y adolescentes se refieren a hechos de violencia, que muestran a los chicos como víctimas o victimarios. Fabbro se pregunta: “Pensando que en Argentina hay casi 15 millones de chicos menores de 18 años, ¿no hay otras noticias o imágenes de chicos que la TV podría ofrecer?”.


Los docentes consultados aseguran que los estudiantes que ellos tienen en las aulas no son los que aparecen en la televisión. La gran mayoría, dicen, no son violentos ni apáticos, sino que sueñan con un futuro digno y una vida mejor. Son varios millones, pero no tienen reflejo en la pantalla. Fabbro concluye: “Es importante que los niños y adolescentes se identifiquen con lo que ven en la tele, con sus problemáticas y su vida cotidiana. Así, viéndose, escuchándose, observando cómo otros resuelven problemas que ellos también tienen, se motivarán y podrán apropiarse de la televisión”. En definitiva, de eso se trata: que el lenguaje audiovisual sea aprovechado como una herramienta más; que los chicos se apropien de las imágenes para ampliar sus miradas sobre sí mismos y sobre el mundo.

 

La formación de los futuros televidentes
Ricardo Braginski

El debate es tan antiguo como la misma televisión. Cuanto más se la critica por “basura”, más se la mira. Noche tras noche, son cientos de miles, o millones, los que ven esa televisión. Los mismos que al día siguiente, en una charla de café, la denostan por banal, chabacana, poco “educativa”.
Cada día parecemos más confundidos frente a un fenómeno de la cultura popular en continua expansión. Porque aunque se multipliquen las pantallas (computadora, celular y otros nuevos equipos), la televisión sigue disfrutando de un reinado que parece invencible.
Pero hay una forma de salir de esta confusión. Y esa forma es precisamente la educación, el conocimiento. La imagen audiovisual ­en este caso, la televisiva­ no es más que un lenguaje. Una construcción, de cuyas reglas se puede aprender.
Como coinciden los especialistas consultados para esta nota de tapa de Clarín Educación, lo peor que podemos hacer es ocultar el tema, callarlo. Cuanto más sepamos de estas reglas, de la intencionalidad de ciertos recortes, de los valores que transmiten, más libres seremos para elegir lo que queremos para nosotros y nuestros hijos.
Y en esto, la escuela juega un rol relevante, junto al hogar, claro. Y mucho más ahora que, de a poco, van arribando las computadoras e Internet a las aulas. Tecnologías que permiten trabajar contenidos audiovisuales con más facilidad, y enriquecer lo que habitualmente se ve en la televisión masiva con otra oferta cultural de la Web.
El proceso es largo, no será de la noche a la mañana. Pero seguramente con una buena educación audiovisual, las futuras generaciones elegirán de una forma más conciente el contenido de tevé con el que cada uno decidirá entretenerse, informarse y aprender.


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